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“Really The Blues”, crónica fundamental sobre los pioneros del blues y del jazz

Traficante de marihuana y clarinetista pasable, ‘Mezz’ Mezzrow pasó a la historia por su autobiografía, crónica íntima y fundamental de los pioneros del jazz. ‘Really the blues’, considerada precursora de la generación ‘beat’, se edita íntegramente por primera vez en español

Fuente: publico.es
Por: Jesus Miguel Marcos | Madrid | 23-04-2010

La primera conclusión que el lector extraerá del libro Really the blues es esta: cualquier cosa que nos han contado del blues es mentira. Ya no nos engañarán más. Porque el blues es un chaval negro, recostado en un colchón de cáscaras de maíz en un reformatorio de Michigan, que en mitad de una fría noche de principios de siglo XX no puede contener un gramo más de angustia y comienza a cantar: “Oohh, no voy a hacerlo más, / Oohh, no voy a hacerlo más, / Si no hubiese bebido tanto whisky / no estaría tirado en este duro suelo”. Milton Mezz Mezzrow (1899-1972) era blanco, pero desde que lo encerraron en el reformatorio de Pontiac por robar un coche y escuchó los aullidos narcotizados de los negros su alma comenzó a cambiar de color.

“En más de una ocasión me vi allí tumbado, con el blues oprimiéndome el pecho, y bastó con que uno de ellos se pusiera a cantar para que el peso se disipase. Aquellos tipos sabían perfectamente qué hacer con el blues”, dice Mezzrow en Really the blues (Acuarela / Antonio Machado Libros), la autobiografía que convirtió a este músico de segunda categoría en uno de los protagonistas imprescindibles del blues y el jazz de principios de siglo. Publicada originalmente en 1946 y considerada una de las grandes biografías de la historia de la música popular, Mezzrow le contó su historia al escritor Bernard Wolfe, que fue el encargado de mecanografiar una vida tan insólita como apasionante.

Really the blues es un documento único de la intrahistoria del primer jazz (Mezzrow participó en sesiones de grabación para sus amigos, gente como Louis Armstrong, Bessie Smith, Joe Oliver o Sidney Bechet), pero también una estampa de los bajos fondos de Detroit, Chicago o Nueva York, una crónica carcelaria, un tratado sobre drogas (suministraba marihuana a la escena del jazz y fue adicto al opio) y un libro de aventuras. Pero sobre todo, se trata del retrato de un peculiar personaje a medio camino entre el Roberto Benigni de La vida es bella y Forrest Gump, que se adelantó medio siglo el final del racismo.

Una extraña mutación

Porque Mezzrow, tras varios años de inmersión en el gueto de Harlem y casado con una chica negra, creía que era un negro. “Llegó verdaderamente a pensar que se le había abultado el contorno de los labios, que el pelo se le había erizado y endurecido y que su piel se había oscurecido. Se había reducido a pulpa (…) para emerger justo como lo contrario de su herencia original: un negro en estado puro”, escribió Bernard Wolfe en el epílogo del libro.

“¿Una escuela de música? ¿Bromeas? Aprendí a tocar el saxo en el reformatorio de Pontiac”. Mezzrow se metió en la banda de música haciéndose pasar por director de orquesta y empezó de corneta, despertando a sus compañeros de pasillo con el toque de diana. Cuando en 1940 volvió a la cárcel (por error: según él, siempre era inocente), pidió que le trasladasen al pabellón de los negros porque se consideraba uno de ellos. Y lo consiguió.

Mezz (como le conocían todos, nombre que acabaría formando parte de la jerga del jazz para designar cualquier cosa inusualmente buena) no se podía contener y se unía a los reos negros cuando entonaban espirituales. “Encajé con tanta facilidad, ligándome a las distintas armonías como si fueran parte de mí, que al concluir todos se pusieron a cacarear con regocijo”, cuenta Mezzrow en el libro. Un enorme joven negro llamado Red sentenció: “Parece que el chico judío sabe también de qué va el rollo”.

Con su inseparable clarinete a cuestas, el músico militó en numerosos combos de jazz y se relacionó con los pioneros del género, que en Really the blues quedan retratados en su intimidad. Cuenta Mezzrow que los camareros escondían los azucareros en cuanto Joe King Oliver, músico de referencia de Louis Armstrong (le llamaba Papa Joe), entraba por la puerta. Al parecer, Oliver tenía por costumbre comprar pan después de los conciertos y entrar en cualquier cafetería para hacerse bocadillos de azúcar. “Podía comerse dos o tres barras de una tacada, con sus correspondientes azucareros”, escribe Mezz.

Su músico más admirado fue, sin embargo, Louis Armstrong, del que primero fue fan y luego amigo. Dice que cuando iba a casa de Satchmo siempre lo pillaba en el baño: “Ese hombre disfrutaba realmente de su baño y su afeitado. El modo en que se afeitaba me traía a la memoria aquella ocasión en que Louis estaba tocando y yo le rocé accidentalmente. Os juro que el cuerpo entero le vibraba como una de esas máquinas de los parques de atracciones que miden cuántos voltios puedes soportar”.

En el libro Really the blues, Mezzrow confirma la leyenda (negada por Louis Armstrong) sobre el origen del popular ‘scat’, la improvisación donde los cantantes dicen sílabas sin sentido. “Louis nos revelaría cómo ocurrió: durante la grabación se había acercado al micrófono y había empezado a cantar su parte vocal cuando se le cayó al suelo la partitura con la letra, por lo que no le quedó otra que improvisar hasta el final”, escribe sobre el tema Heebie Jeebies.

Y ‘Mezz’ llegó a París

Mezzrow es un experto en música y lo demuestra escribiendo páginas exquisitas sobre sus gustos y sus formaciones favoritas. En su carrera como músico tocó en varias orquestas y llegó a hacer giras por Europa. Muchos parisinos descubrieron a Louis Armstrong gracias a él: “Las compañías discográficas, en aquellos tiempos, ocultaban al mundo esta música maravillosa. Los discos de los grandes artistas de jazz negros siempre se presentaban por separado, bajo la nominación de música racial”.

Mezz terminaría convenciendo a los taquilleros de un teatro parisino para que pusieran por los altavoces de la marquesina la versión de Ain’t misbehavin’ de Fats Waller (“provocó en la calle un atasco de varias manzanas”) e introdujo en el estilo hot a un jovencito Hughes Panassié. Años después, este impulsaría los famosos Hot Clubs de Francia, que llegarían a extenderse por todo el mundo.

En Really the blues se intuyen rasgos de los escritores de la generación beat, que publicarían sus primeras obras una década después. Mezzrow también habla de drogas minuciosamente y en primera persona: suministraba marihuana a los músicos y terminó enganchado al opio. Sin embargo, si los beats se caracterizaban por la falta de escrúpulos y la laxitud de valores, en Mezzrow encontramos un ser humano entrañable, extremadamente vital y con especial sensibilidad hacia los parias. Como dijo Henry Miller, Really the blues “expresa un mensaje vigoroso y vital de alegría sin adulterar”.

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El ocaso de un genial creador

Thelonious Monk, en su retiro

Fuente: elpais.com
Por: Antonio Muñoz Molina | 24-10-2009

Desde la ventana de la habitacion que abandono muy pocas veces en los ultimos años de su vida Thelonious Monk veia el rio Hudson y el perfil entrecortado de Manhattan. Cada mañana se vestia escrupulosamente con sus trajes bien cortados, sus grandes zapatos, sus calcetines y sus corbatas a juego, como si tuviera que acudir a alguna cita en la ciudad, y a continuacion se tendia en la cama, y se pasaba el dia mirando el techo, o se incorporaba sobre los almohadones doblados para mirar la television. Su programa favorito era la version americana de El Precio Justo. El pianista Barry Harris, que vivia en la misma casa, y que ensayaba en una sala proxima, se asomaba a veces a la habitacion de Monk y al verlo inmovil y formal encima de la cama pensaba que parecia un muerto en su ataud. La casa estaba en Nueva Jersey y habia pertenecido al director de cine Joseph von Sternberg. Su dueña era ahora la baronesa Pannonica de Koenigwarter, que llevaba años dedicando su vida y su fortuna a proteger a musicos de jazz, y que en 1955, en su apartamento del hotel Stanhope de Nueva York, habia acogido a Charlie Parker, enfermo y desahuciado. Mientras la baronesa Pannonica le preparaba algo de cena o una bebida Parker estaba en el sofa mirando un programa comico que le gustaba mucho. Se le paro el corazon en medio de un ataque de risa.

Ahora Pannonica o Nica vivía retirada en Nueva Jersey en compañía de sesenta gatos y desde 1976 tenia como huesped a Monk, que llevaba todo ese tiempo sin tocar el piano, sin hacer nada, solo levantarse cada mañana y vestirse y volver a tenderse en la cama recien hecha para mirar al techo o volver los ojos hacia la ventana en la que se recortaba cada dia la silueta azulada o diluida en la niebla de la ciudad en la que habia crecido y pasado la mayor parte de su vida, y a la que no iba a volver, teniendola tan cerca. Le gustaba a veces dejar la puerta entornada para escuchar a Barry Harris tocando el piano. Tambien se daba algún paseo por el bosque cercano a la casa. Cuesta imaginar a Thelonious Monk caminando por un sendero en un bosque, grande y solo, incongruente con su traje de ciudad y su falta de costumbre de frecuentar la naturaleza, alguien crecido en las calles peligrosas del West Side de Manhattan, aclimatado muy pronto a la tiniebla de los clubes, los callejones, las esquinas nocturnas. Caminaria con una torpeza urbana agravada por la enfermedad, con algo de sonambulismo, con la mirada ausente y la expresion ensimismada, atento tal vez a los rumores del viento en las hojas y a los cantos de los pajaros, el que habia tenido desde niño un oido tan sutil para la musica, y que ahora parecia haber dejado de necesitarla. Cómo seria ir por uno de aquellos senderos y encontrar de pronto a Thelonious Monk, con su mirada fija y bovina, quizas con un sombrero o un gorro estrambotico, si es que no habia prescindido tambien de esa costumbre, la de coronar su figura con un tocado en el que siempre habia algo de pagoda o de bonete o solideo de alguna orden monacal, de un sacerdocio absurdo que el hubiera adoptado con la misma seriedad con que Buster Keaton se empeñaba en sus tareas imposibles.

Algo de imposible hubo siempre en la musica de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcerto a quienes la escuchaban y que todavia mantiene el filo de su novedad. La pulsacion de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodia que tiene una parte de dulzura y otra de burla y de tentativa en el vacio. Cuando Monk era un adolescente paso dos años acompañando al piano a una predicadora evangelista ambulante, una de aquellas iluminadas que daban sus sermones en graneros o en pobres salones de alquiler en los pueblos segregados del Sur y enardecian a los fieles con el fuego de una oratoria biblica que se convertia sin transicion en canto africano de llamada y respuesta. El joven Monk acompañaria los himnos tocando harmonios o pianos viejos sin afinar a los que les faltaban teclas y observaba de cerca la perduracion de los ritmos y las melopeas clamorosas venidas de Africa, mezcladas con la herencia musical europea en una aleacion que era el rio originario del negro spiritual, el blues y el jazz. Años despues, cuando ya era un musico conocido, sus estridencias y sus invenciones sonoras no se alejaron nunca del tronco de los blues, y sus lentas danzas de oso sobre el escenario mientras los otros seguian tocando tenian algo de ritual antiguo y posesion, como de trance de iglesia baptista.

Otros se extenuan en vano queriendo lograr a base de aspavientos y de imposturas algún simulacro de originalidad. Thelonious Monk no se parecio nunca a nadie. Crecio en la digna pobreza de la clase trabajadora negra que emigraba desde el Sur agrario, atrasado y racista a las capitales industriales del Norte y siguio siendo pobre, con periodos cortos de relativo bienestar, hasta el final de su vida. En un pequeño club de Harlem, Minton’s Playhouse, en los primeros años cuarenta, empezo a tocar como no lo habia hecho nunca nadie, pero el credito por la gran transformacion del jazz que tardo mucho todavia en llamarse bebop se lo llevaron sobre todo Charlie Parker y Dizzy Gillespie, mientras el permanecia en la pobreza y en la sombra. Parker y Gillespie lo trastornaron todo acelerando al maximo la velocidad y exagerando el virtuosismo: Monk prefirio la apariencia de sencillez, las lentitudes contemplativas. Invento una musica en la que otros brillaban más que el y una estetica personal que se convirtio en moda: la boina, las gafas de sol en plena noche, la perilla de cabra. Jugaba al tenis con la misma destreza desconcertante y versatil con que tocaba el piano y cuando tenía algo de dinero preparaba cazuelas de espaguetis con albondigas. A las personas que queria -su primer amor, Ruby, su mujer, Nelly, su hijo Toot, su hija Bo Bo- les dedico pequeñas baladas llenas de una ternura como de canciones de cuna, hechas con un arte tan meticuloso, tan liviano, como acuarelas de Paul Klee.

Robin D. G. Kelly le ha dedicado ahora una extraordinaria biografia, Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original. La mejor manera de leerla es escuchando de fondo los discos de Monk, sintiendo en cada nota del piano, como en una sesion de espiritismo, una presencia que el paso de los años no desdibuja. Pero cuando acaba la musica y uno cierra el libro la presencia no cesa. El silencio tambien tiene que ver con Thelonious Monk, que eligio recluirse en el al final de su vida, estragado por la enfermedad y el agotamiento: un silencio que segun el decia es el ruido mas estruendoso que existe en el mundo.

Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original
Robin D. G. Kelly
Free Press, 2009. 608 paginas.

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