Yilian Cañizares

Yilian Cañizares ::: dic 16, 1980

Antes de recoger el violín y subir al escenario, Yilian Cañizares rinde homenaje a sus antepasados. Las velas están encendidas. Se dicen las oraciones y se hacen las ofrendas. Luego, cuando las luces de la casa se apagan y su grupo de músicos de crack se presenta ante ella, se inclina hacia abajo y toca el suelo al entrar.

“Esto siempre me pone plenamente en el momento”, dice el vivaz cantante e instrumentista cubano. “Permite que la música y los antepasados fluyan a través de mí, para llegar a la gente aunque no hablen mi idioma. Entro en trance cuando actúo en vivo”, añade con una sonrisa. “Es como una experiencia religiosa.”

Todos aquellos que se han maravillado con su ardiente mezcla de jazz, música clásica y ritmos afrocubanos, que se han puesto la piel de gallina con su voz de otro mundo, testificarán que se sienten transformados. Ya sea en el escenario o en las grabaciones, hay pocos artistas con un talento tan impresionante como Cañizares, un treintañero suizo nacido en La Habana que respeta el pasado y siente el futuro, y que tiene una sonrisa por la que morir.

Dos álbumes aclamados, el autoproducido Ochumare de 2013 y Invocación de 2015, dirigido por Alê Siqueira (Roberto Fonseca, Omara Portuondo), han reforzado la reputación de Cañizares como pionero y cruce de fronteras por excelencia. No en vano fue declarada “revelación del año” por el semanario francés Le Novel Observateur: con su carisma, su tapiz de influencias y la facilidad con la que canta y toca el violín al mismo tiempo, Cañizares es un auténtico descubrimiento.

“Mi sonido refleja la riqueza y la mezcla de culturas que llevo conmigo hoy en día”, dice en su fluido y acentuado inglés. “Es lo que soy: una mujer. Un cubano. Un músico. Un ciudadano del mundo”.

Cañizares se crió en el Vedado, el barrio al lado de la Plaza de la Revolución de La Habana. Sus primeros recuerdos musicales incluyen a su abuelo dándole una serenata con la guitarra, y a su madre cantando mientras se acompañaba a sí misma al piano.

“Cada fin de semana me llevaban a ver una orquesta clásica, un cuarteto de jazz o una banda de salsa”, recuerda. “Mi madre dijo que estaría charlando, diciéndole que quería estar en el escenario.”

A los siete años de edad, ganó una plaza en la prestigiosa academia de música Manuel Saumell, para estudiar piano y violín. Esta fue la década de los 90, que fue golpeada por la austeridad, el llamado “Período Especial” de Cuba: “Fue difícil conseguir equipo, conseguir cualquier cosa”, dice Cañizares. Sin embargo, ganó cuatro veces el Concurso Nacional de Violín de Cuba.

Cañizares tenía 14 años cuando le ofrecieron una beca para estudiar en Caracas, Venezuela. Dos años más tarde, una clase magistral con una profesora suiza de visita cambió su vida. “Me dijo que tenía talento y me animó a solicitar una plaza en su conservatorio de música.”

En el año 2000, Cañizares se encuentra en el oeste de Suiza, donde su forma de tocar y su técnica alcanzan un nuevo nivel. Las grandes orquestas de renombre le hicieron señas: al mudarse a Lausana pasó seis años contribuyendo con tomas de notas perfectas a sinfonías, conciertos y óperas. En el camino, comenzó a sentir que estaba perdiendo algo. Anhelando una salida creativa, renunció.

“Me inspiró tanto Stéphane Grappelli, el violinista de jazz francés. Las posibilidades me volaron por los aires. Quería traducir este universo Grappelli a mi tradición, y hacerlo igual de hermoso”.

Reunió a un cuarteto de músicos de Alemania, Venezuela y Suiza (y más tarde, Cuba) y le puso el nombre de Ochumare, en honor a la deidad orisha de los arco iris. Seis meses después, ganaron el Concurso del Festival de Jazz de Montreux 2008. Ha estado hacia arriba desde entonces. En 2011, ha sido la ganadora del proyecto Havana Cultura de Giles Peterson, y ha compartido escenarios con dioses del jazz como Ibrahim Malouf y Omar Sosa. Más recientemente, ha cantado en francés y en yoruba, el idioma de sus antepasados de África Occidental, mejorando la letra con percusión afrocubana.

“El canon Yoruba tradicional es una gran influencia”, dice. “Estas canciones son melódicas, rítmicas y poderosas.”

Invocación es un homenaje a los más queridos de Cañizares. Sus padres, abuelos, marido. Mujeres cubanas. Los Orishas. Iconos como el icono francés Piaf, el compositor venezolano Simón Díaz y el poeta cubano Luis Carbonell.

“No fue hasta que estaba a mitad de camino de hacer el álbum que me di cuenta de lo mucho que estaba inspirado por gente que ya no estaba aquí. La creencia afrocubana dice que los espíritus de aquellos a quienes amas y admiras desde un punto de vista personal o artístico continúan permaneciendo a tu alrededor. Lo encuentro hermoso.”

Yilian Cañizares, entonces. Una mujer nacida en Cuba y residente en Suiza. Una artista tan apasionada por la música clásica como por el jazz, la salsa, el hip hop y los ritmos de otros lugares. Una intérprete única que, cuando se le pide, es capaz de unir voz y violín y expresarse como lo haría una orquesta.

“Tengo una relación con el violín que es apasionada y preciosa”, dice de su actual instrumento de fabricación italiana. “Es como un compañero, un amante. Nos complementamos mutuamente.”

Se detiene, sonríe. “Todavía tenemos un largo camino por recorrer, él y yo”, dice. “Siempre al servicio de la música y de los antepasados.”


 

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