El siglo del Jazz

El Jazz y el arte del siglo XX

Fuente: Museo Quai Branly

Del 17 de marzo al 28 de junio de 2009

El jazz constituye, con el cine y el rock, uno de los principales acontecimientos artísticos del Siglo XX. Esta música híbrida marcó la cultura mundial con sus sonidos y sus ritmos.
La exposición, creada por el filósofo y crítico de arte Daniel Soutif, presenta de manera cronológica la relación entre el jazz y las artes gráficas a lo largo de todo el Siglo XX.
De la pintura a la fotografía, del cine a la literatura, sin olvidar el grafismo ni los cómics, la exposición muestra esencialmente el desarrollo del jazz en Europa y Francia en la década del 30 y 40.

El Jazz, banda sonora de las vanguardias artisticas del siglo XX

Fuente: ABC.es
J. P. Q. | PARÍS
Martes, 24-03-09

«Sicle du jazz/El siglo del jazz» (Museo Quai Branly) cuenta los jalones de una gran historia por escribir: las relaciones entre el jazz, el arte, la fotografía y el cine del siglo XX.

Historia que se confunde con el hundimiento de un mundo antiguo y la floración de nuevos mundos que apenas comenzamos a explorar. Los orígenes del jazz se pierden a primeros y mediados del siglo XIX, en los Estados Unidos.
Pero, quiere la leyenda que la palabra jazz se utilizase por vez primera, en 1913, en un artículo publicado en California, en «The San Francisco Chronicle», titulado: «A Futurist World»… Ese «mundo futurista» que, anunciado por el cronista californiano, es indisociable de uno de los primeros aldabonazos subversivos del siglo XX: el Futurismo artístico italiano/europeo. Ese primer vínculo semántico, nada accidental, se estaba ramificando de manera vertiginosa. El «arte negro», que irrumpe en el arte occidental contemporáneo a través de Picasso y André Breton, entre tantos otros, establece una hondísima relación original.

Irrumpe en Harlem

Con una brizna de hipocresía cínica, Picasso le contaba a Senghor, uno de los dos patriarcas fundadores del concepto poético y cultural de la Negritud, que el arte moderno estaba llamado a dinamitar el mundo antiguo, para beber en los pozos de agua virginal (Joan Maragall dixit) del «arte negro».
«Arte negro», justamente, el jazz, irrumpía musical, cultural y socialmente en un Harlem neoyorquino en cuyo renacimiento participaron grandes artistas de la época. «Arte negro» que fecunda todas las artes de nuestra civilización y abre una formidable ruta trasatlántica.
El jazz irrumpe en los cabarets de Berlín, Londres y París, al mismo tiempo que estalla el fabuloso castillo de juegos artificiales de unos «ismos» historiados como nadie por Ramón Gómez de la Serna, a caballo entre París, Madrid y Buenos Aires.

Un cuadro legendario de Mondrian, «Broadway Boggie-Woogie», sellaría de manera emblemática la fecundación mutua del jazz y las artes plásticas del siglo XX. Warhol estuvo fascinado por Dalí. Basquiat adoraba a Charlie Parker, una de cuyas biografías canónicas (la de Ross Russell) relataba sistemáticamente a sus mejores amigos. Los surrealistas, Picasso, Van Dongen, Picabia, Kupka, Matisse, Pollock, Tàpies, entre muchísimos otros grandes maestros, tuvieron un diálogo íntimo con el jazz. Movimientos importantes, musicales y artísticos, como el pop crítico y el free jazz.

Las relaciones entre el jazz y el cine también tienen algo de «concubinato» original. Baste recordar «The Jazz Ginger», de Alan Crosland (1927), que un puesto tan capital tiene en la historia del cine sonoro. La magna historia de la comedia musical americana ocupa por sí sola grandes capítulos de esa historia de amor, inconclusa. De Astaire y Louis Armstrong a Clint Eastwood; de Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Billie Holiday, Charlie Parker o Coltrane a Warhol (cineasta), a «Paris Blues» (Martin Ritt) o «Round Midnight» (Bertrand Tavernier), buena parte de la historia del cine pasa por ese hondísimo diálogo entre el jazz y grandes creadores cinematográficos.

Jazz y fotografía

Un capítulo aparte, por sí solo, también lo merecen las relaciones entre jazz y fotografía. La obra y retratos de Carl van Vechten (albacea testamentario de Gertrude Stein), entre los que figuras varias obras maestras consagradas a Billie Holiday y Ella Fitzgerald, ocupan un puesto eminente. Se trata de un capítulo vastísimo y por explorar, en bastante medida. Toda la gran fotografía en blanco y negro estadounidense está «tocada», en cierta medida, por la «negritud» de una presencia visible o invisible («El hombre invisible» fue el título de una novela legendaria de Ralph Ellison) del jazz y su «arte negro».

¿Cómo pudieron influirse mutuamente el jazz, las artes plásticas, la fotografía y el cine?
Parece palmario el diálogo entre músicos y artistas, creadores. Quizá sea evidente que la eclosión del jazz coincide en la historia de las artes del siglo XX con un gigantesco proceso de hundimiento de todos los valores del arte florecido con el Renacimiento. ¿Cuál es la relación íntima, si es que existe, entre tales procesos? Comisariada por Daniel Soutif, la muestra ayuda a fijar algunos jalones esenciales.

Por el contrario, insiste poco en otro gigantesco océano por explorar: las relaciones entre jazz y literatura… Sólo recordaré, en castellano, la obra magna de Ramón Gómez de la Serna, que confería al jazz una dimensión de música profética, sacra, a la altura de las profecías del Nuevo Testamento: «El jazzbandismo cambia la ilusión del fin del mundo y habréis de saber que cuando llegue su último día no serán trompetas lo que suenen, sino más el enorme jazz, el jazz triturante y resurrectante, a cuyo son caerán las ciudades y se despertarán los muertos…» Nadie como Ramón ha hecho en la literatura universal una apología literaria tan honda, esperanzadora y mesiánica del jazz.

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