Enrico Rava: “No reniego de nada de lo que hice”

Es uno de los mejores trompetistas de la actualidad. Vivió un tiempo en Buenos Aires y admira al Gato Barbieri. El lunes toca con su quinteto.

Por: Sandra de la Fuente
Fuente: Especial para Clarin

“En el jazz que me gusta, cada uno tiene su sonido. de berklee salen musicos como pollos industriales”, dice Rava.

Con un único concierto, el lunes 8 en La Trastienda, el genial trompetista italiano Enrico Rava volverá a presentarse en Buenos Aires con un quinteto que completan el saxofonista Mauro Negri, el pianista Giovanni Guidi, el contrabajista Piero Leveratto y el baterista Fabrizio Sferra. “Es cierto que me gusta más tocar en teatros que en clubes. Ya no disfruto de tocar hasta altas horas de la noche, ni de hacer varias entradas como suelen exigir los clubes”, reconoce el músico en charla telefónica con Clarín. “Pero cuando en el club hay público amigo y vibraciones antiguas como seguro habrá en La Trastienda, no hago diferencia”.

Las vibraciones antiguas que Rava confía encontrar se remontan a la Buenos Aires de los años 60, donde vivió junto con su primera mujer porteña, y disfrutó de la efervescencia cultural del Instituto Di Tella y del free jazz del Gato Barbieri, estandarte de la siempre postergada Revolución. “De aquellos años increíbles quedó un disco -recuerda-, que se convirtió en clásico del free jazz, un concierto en vivo con Steve Lacy, grabado en Córdoba, con la producción artística de Ginastera”.

En su música actual aparentemente no quedan rastros del free jazz. ¿Reniega de aquello?

No reniego de nada de lo que hice. Seguramente hacer free me sirvió para algo pero también me hizo bastante daño.

¿Daño?

Sí, porque para hacer esa música abandoné la buena técnica, destruí sistemáticamente durante 5 o 6 años lo poco que había construido. Me costó mucho volver a encontrar el sonido justo, la manera apropiada de empujar. En aquel tiempo se decía que la técnica era algo burgués. ¡Qué estupidez!

¿Juzga de igual manera el pensamiento político de aquellos años?

Sé que hay muchos jóvenes que piensan mal de mí cuando digo esto, pero creo que en Italia todavía estamos pagando la demagogia de esos años. Nuestra actual clase dirigente está formada por esos chicos, los del 68, que se diplomaron sin estudiar porque total con la militancia alcanzaba. Médicos que no saben de medicina, jueces que no saben de leyes. Lo estamos pagando caro.

Del mismo modo que se alejó del free se reencontró con la tradición de la música italiana; su disco “L’Opera Va” pone de manifiesto ese movimiento.

Desde muy chico fui fan del jazz y sentía aversión por la ópera. Es que en mis años de infancia no se podía prender la radio sin escuchar a una soprano cantando Verdi. Detestaba esa música, pero tengo que reconocer que había allí melodías que me tocaban muchísimo. Arrastré ese amor-odio durante muchísimo tiempo. Cuando regresé a Italia después de unos años de vivir en los Estados Unidos empecé a frecuentar la ópera, un poco incentivado por mi segunda y actual mujer. Mi idea de esa música cambió por completo. Me di cuenta de que debía revisar la relación con mi propia tradición.

¿Qué descubrió a partir de esa revisión?

Que Puccini es una figura esencial para la música popular, que es el padre del musical americano; que Gil Evans tomó mucho de obras como Manon Lescaut. Mi nuevo amor a esa vieja música me llevó también a descreer de los encasillamientos geográficos: la música es música y basta. No me siento acomplejado por hacer jazz en Europa. El jazz nació en Nueva Orleans, sí. Su ritmo no es sino un recuerdo de Africa, porque los ingleses cancelaron el ritual, los instrumentos y el idioma original. Ese recuerdo se mezcla con la música sagrada francesa e inglesa y también con la ópera, porque a Nueva Orleans llegaba una línea directa de barcos de Palermo. El primer disco de jazz fue de la Original Dixieland Jass Band dirigida por el siciliano Nick La Rocca. El jazz de Nueva Orleans estaba lleno de italianos.

¿Y hoy? ¿Qué hay de cierto en eso de que lo mejor del jazz viene de Italia?

El nivel técnico es muy alto, pero hay muy pocas voces originales. Soy Doctor Honoris Causa de la Berklee, de donde salen músicos como pollos industriales, músicos que tocan fenómeno en orquesta o solos, con una lectura perfecta. Pero en el jazz que me gusta cada uno tiene su sonido. Antes los músicos se inventaban la técnica y la guardaban celosos. Freddy Keppard tocaba con un pañuelo para esconder su digitación. Gillespie tenía muchísimos trucos que ni siquiera mirándolos se aprendían. Había que hablar con esos músicos, ser su amigo para que te regalaran una pequeña porción del gran secreto de su magia.

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